De las cosas que más me gusta hacer en Palencia cuando voy por fiestas es darme un paseo entre las casetas de la Feria del Libro. Porque de más crío era un loco de los libros. Porque le hice preguntar a mi madre a uno de los libreros por la colección completa de Tintín. Porque alucinaba en colores cuando ví que en la sección Juvenil de la Biblioteca Pública los tenían todos. Y porque, de un poco más mayor, me flipaban los libros que contaban cosas sobre Palencia, que estaban (y estarán todavía) nada más entrar en la sala de préstamo, en la primera estantería a la izquierda, en el pasillo de los de Psicología y Ciencias Ocultas. Cosas raras que a uno le atraían de adolescente.
En la época de los ebooks, los readers, los pdf, la prensa digital y todo lo electrónico, los libros siguen luciendo brillo con sus portadas al sol. Me gusta ver los libros en la calle. Me impresiona la Feria del Libro Antiguo que, de vez en cuando, se ve en el Paseo de Recoletos de Madrid y me sigue atrayendo la modestísima, a su lado, Feria de Palencia.
La temática local sigue siendo la de siempre más alguna novedad que sale cada año. Últimamente, el gran Asier Aparicio está dándole como loco a la novela histórica ambientada en nuestras tierras, lo cual no es fácil. Lo demás, sigue ahí: el librazo sobre Victorio Macho, El Palencia de mi Vida, Las Calles de Palencia, etcétera. Su información supera, con creces, a la que pueda encontrarse por Internet. Por eso son necesarios.
El nivel de ventas ignoro si sube o si baja cada año. Supongo que los propios libreros, tal como anda la cosa, se conformen con ese primer contacto entre libro y el posible lector a pie de calle al que las páginas le hablan: muy poético todo ello, pero si no venden papel, el negocio está perdido. El día que, porque no les rente salir al Paseo del Salón, no estén habrá muerto otro pedazo importante de los sanantolines.


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