Cuando cojo el metro en la estación de Aluche, a veces se pone un vendedor de la ONCE latino en un resquicio del andén y canta algo así como "Rascayganarrascayganarrascaygana" y "cinco eurooooos", entre otras virtudes, por llamarlo de alguna forma, de la cantidad de cupones y productos que pueden vender ahora.
Me llama la atención porque ya no es habitual que un vendedor de lotería use su voz como reclamo, y menos desde que muchos de ellos no tienen más que aguardar en las casetillas a que se acerquen los compradores, sin más señuelos que los carteles con los botes y los fuertes luminosos amarillos. Por eso, seguramente, el primer día que le escuché, me vino a la cabeza una vendedora mayor, con gafas oscuras, que se sentaba en una sillita plegable en el tramo inicial peatonal de la Calle Mayor, enfrente de los soportales, y canturreaba siempre lo mismo: "El gooooordo me quedaaaaa para hoooooyyyy". O eso era lo que mi madre me explicaba que la señora decía porque mi cabeza de cuatro o cinco años entendía una especie de "cacacacaroooooy".
Mi madre, a su manera, me dijo que aquella mujer vendía el cupón de los ciegos. ¿Y cómo ve un ciego?, se preguntaba mi yo canijo, pero eso es otro tema. Sé que ella lo compraba algunos viernes, y que hoy en día, aunque ya no lo juega, lo sigue llamando 'los ciegos'.
Aquella mujer regordeta, con melenita corta y voz potente, con la pinza llena de series de cupones sujeta en la blusa, aprovechaba hasta el resquicio de tiempo que transcurría en lo que mi madre buscaba la moneda de veinte duros para anunciar que seguía en su poder el cupón que todo el mundo querría comprar ese día: "El goooooooordo me quedaaaaa para hoooooyyyy". Gracias y suerte.
La realidad es que casi nunca tocaba nada. Mientras cenábamos, lo hacíamos con la radio puesta y el cupón delante, a un lado del plato de pescado. Una vez, mi madre dio un respingo de alegría porque la cifra de las centenas coincidía con el de su número, pero después, con las decenas, aquello se esfumó según vino. Solía caer alguna devolución y también lo celebraba.
Mi abuela materna jugaba más. De hecho, tenía una cuidada colección de cupones de la ONCE perfectamente guardados con unas gomitas en uno de los cajones debajo de la tele. Ni sé lo que valdría hoy aquello. Y ella sí le compraba más a aquella vendedora, por cercanía al bar donde trabajaba mi abuelo. Desconozco si alguna vez les tocó algo importante, pero quiero pensar que no porque su vida nunca fue a mejor.
Hoy día, a los 'ciegos', solo les falta vender apuestas deportivas. Lo único que no ha cambiado es que el cupón se sigue radiando, pero sin el glamour de antes, cuando era en directo, se iba cantando cifra a cifra el número ganador con la histórica sintonía de fondo, el ruido de los bombos y la profunda voz del locutor que te consolaba: "Y recuerde que, si no le ha tocado, habrá contribuido a una gran labor social". Además, ya no hace falta ser invidente para despachar cupones y si te toca un premio un poco más generoso, sin ser la bomba, te dicen que vayas a cobrarlo a Correos, que van mal de efectivo.
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