Palencia Entre Líneas

Cuatro apuntes sobre un sentimiento y una forma de vida: la nuestra. Palencia existe, se ve, se toca y se disfruta. Es un modo de vida.

06 septiembre 2013

La chatarra detrás de la feria

Observen la panorámica que nos deja el Barco Vikingo de la Feria desde esta perspectiva, lejana, con la chatarra de fondo. Es el reflejo de la 'mini-mini-mini-feria-chica' que nos ha quedado esta vez. El Barco del Recinto Ferial quiere elevarse por encima de los despojos, por encima del deshecho. Quiere reivindicar su estatus como atracción en las fiestas de una capital de provincia. Hueco tiene de sobra para hacerlo porque, si ha habido algo en estos últimos sanantolines, ha sido espacio para las atracciones.
El Recinto Ferial da más pena cada año. Los feriantes ya no quieren venir a Palencia. A, según me dicen, unos 180 euros diarios más gastos y el compromiso de no marcharse hasta que finalice el tinglado, no les interesa. Prefieren Valladolid o Salamanca, con más habitantes, con más fiesta. O, directamente, ni venir por no perder dinero. No somos rentables. 
Hace no mucho, apenas una década, llegaban, montaban y antes, incluso, del último día, se marchaban. Y ese día quedaba para uno de los días del niño. Quizás eso incluía un viaje en el Castillo del Terror con las paredes a medio desmontar y viendo a los muñecos monstruosos a casi plena luz del día. Pero el Ferial 'molaba', aunque siempre llegaba el berrinche de "jo, es que los últimos días ya no queda nada porque se van a Valladolid". Cuando las fiestas de Valladolid comenzaban después de las de Palencia... Aquellos tiempos, ¿se acuerdan?
La entrada sigue igual: la puerta de luces, la caseta del vino dulce, la atracción de la Masa con su ruido atronador y tan característico, y la caseta de los pájaros junto a la de las botellas a las que hay que lanzar un aro. Y según uno se metía hacia adentro, la adrenalina crecía. Sabíamos que las atracciones fuertes, las de mayores, estaban al fondo: las de miedo, las de ponerse boca abajo, las de dar vueltas como locos, las de las luces psicodélicas... Ya no queda nada de aquello. Algo ha fallado que ha hecho que la feria ya no sea lo que era... Ni apenas un asomo.
El clásico bingo, las carreras de camellos a las que el pregonero Óscar Castellanos imitó desde el balcón del Ayuntamiento, los coches de pista, los míticos perritos de la Mercedes con su salsa 'ojo pica' no han faltado esta vez. Pero alguno, visto lo visto, igual se lo piensa. Yo haría lo mismo. No compensa que una atracción de hierro, luces y cables, acabe siendo tan prescindible como la chatarra que asoma detrás del Barco.

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