Palencia Entre Líneas

Cuatro apuntes sobre un sentimiento y una forma de vida: la nuestra. Palencia existe, se ve, se toca y se disfruta. Es un modo de vida.

11 febrero 2010

Ventanas con los cristales sucios

Peco de ser demasiado romántico con Palencia. Llegar en mis días de descanso y comprobar que el tiempo cunde muchísimo más que en cualquier marabunta urbana es realmente agradable. Más si el bolsillo se resiente menos. Si, además, la compañía ha sido buena, vuelven los fantasmas del "¿Qué he hecho yo que no me he quedado aquí?". Lo dicho: puro romanticismo. Ésta ha sido de las veces en las que uno se topa más de bruces con la verdadera realidad de quien vive día a día.
Hay cosas que no cambian: las calles, el ambiente, las plazas... Ni tan siquiera los recuerdos que me forjaron como palentino. Pero cambian las personas, y el tiempo vuela: ver a una niña más pequeña que yo con la que iba al comedor del "cole", ahora con su bebé en el carrito; al típico chaval raro del instituto con nuevo look con el que, a buen seguro, ha encontrado su hueco en el mundo. Cambian las vidas de las personas y, en el momento que vivimos, no siempre para bien: el miedo ha llegado hasta aquí, donde parece que los males grandes no llegan nunca, y es que cuánto decimos eso de "Palencia es pequeña". La sombra del desempleo y la incertidumbre de no encontrar otro trabajo a corto plazo nos ha dado de lleno. Me dicen de un camarero que sufre por si el café del cliente que sale por la puerta es su último en el bar. Me cuenta un ebanista que le preocupa si la reforma de la habitación que su cliente siempre mentó, ha quedado aplazada para "cuando haya dinero" o le aprietan más en el presupuesto, "aunque lo que importa es que te pidan que trabajes".
En la provincia, la desesperación de algún Ayuntamiento llega al deseo de convertir su pueblo en una escombrera residual peligrosa y otros siguen viendo el pasar de los días sin que ninguna mente lúcida quiera o pueda encontrar con la llave para abrir la puerta por la que huir de la angustia del presente.
Las sombras ganan espacio a las luces. Las ventanas con vistas al futuro tienen los cristales sucios, por eso a veces parecemos ver fantasmas: apariciones que nos hacen dudar de todo lo que nos rodea, y hasta nos hace cuestionarnos a nosotros mismos.

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